Hoy, ser ciudadano implica estar conectado. Además, casi todo lo que hacemos pasa por una pantalla: pedir una cita médica, presentar los impuestos, gestionar ayudas, pagar facturas o apuntarse a clases. Cada trámite exige un registro, una contraseña y, muchas veces, una aplicación.
Sin embargo, ¿y si pudiéramos hacer todo eso sin entregar nuestros datos personales a Google, Microsoft o Apple?
La vida digital europea: cómoda, pero dependiente
La vida en Europa es más digital que nunca. Aun así, muchas personas, especialmente mayores o sin formación tecnológica, se sienten cada vez más excluidas.
No solo están cansadas de recordar contraseñas. También son las más vulnerables a fraudes de phishing, contraseñas débiles o páginas falsas. Por tanto, cuando hablamos de soberanía digital europea, deberíamos empezar aquí.
La dependencia tecnológica no solo afecta la privacidad, sino también la igualdad de acceso. De hecho, la brecha digital ya separa a quienes dominan las herramientas digitales de quienes no pueden usarlas con seguridad.
Un sistema que excluye a quien más lo necesita
Piensa en la última vez que olvidaste una contraseña. Ahora imagina tener 75 años e intentar pedir cita médica sin recordar si la clave tenía una mayúscula o no.
Al final, la mayoría recurre a soluciones poco seguras:
- Usar la misma contraseña en todas partes.
- Anotarlas en un cuaderno.
- Dejar que el navegador las guarde y esperar lo mejor.
En consecuencia, un solo fallo puede provocar robo de identidad, fraude bancario o filtraciones de datos personales. Además, cuantos más servicios usamos, más compartimos información sin saberlo.
Por eso, cada nuevo registro aumenta la posibilidad de que una empresa desconocida recopile y venda nuestros datos. El resultado se nota enseguida: llamadas sospechosas, spam y anuncios que parecen leer nuestra mente.
Cuando la confusión se convierte en negocio
Muchas plataformas ofrecen servicios “gratuitos”, pero su verdadero negocio son nuestros datos. Los recopilan, los procesan y los venden a anunciantes. De esta manera, obtienen beneficios de cada clic o correo que enviamos.
Lo preocupante es que parte de esos ingresos financia campañas de lobby contrarias a los valores europeos. Por ejemplo, algunas apoyan la desregulación, la vigilancia o la reducción de derechos digitales.
Mientras tanto, los objetivos de la Unión Europea en privacidad y soberanía digital quedan en segundo plano. En cambio, las herramientas de Big Tech siguen siendo las que millones de europeos usan cada día para trabajar, estudiar o comunicarse.
Lo que Europa ya está construyendo
Afortunadamente, la Unión Europea no está ignorando este problema. De hecho, varios proyectos ya avanzan para reforzar la soberanía digital.
Entre ellos están eIDAS 2.0 y la European Digital Identity Wallet, que permitirán guardar documentos como el DNI o el carné de conducir de forma segura. Ocho países ya están probando la cartera digital y sus resultados iniciales son prometedores.
También destaca Gaia-X, que busca crear una nube europea y garantizar que los datos se gestionen bajo control local.
Sin embargo, todavía falta una capa común donde la ciudadanía pueda:
- Tener un correo público y seguro, sin depender de proveedores comerciales.
- Iniciar sesión en servicios públicos o privados con una identidad universal.
- Controlar cuándo y con quién comparte sus datos.
Por eso, una identidad digital pública europea es más necesaria que nunca.
Cómo podría ser una identidad digital pública
Un sistema digital centrado en las personas podría incluir varios componentes.
Veamos algunos ejemplos.
1. Un correo electrónico público europeo
Este servicio estaría cifrado de extremo a extremo y alojado dentro de la UE. Además, sería compatible con protocolos abiertos como IMAP, SMTP o JMAP.
De este modo, las personas podrían comunicarse sin depender de Big Tech y sin que su información se use para publicidad.
2. Una identidad digital universal
Basada en modelos de identidad autosoberana (SSI), permitiría demostrar edad o residencia sin exponer datos sensibles. Por ejemplo, al pedir una ayuda pública, el sistema solo confirmaría que cumples los requisitos, sin revelar nada más.
3. Un panel de consentimiento unificado
Sería un espacio único para revisar y controlar qué servicios acceden a nuestros datos. Además, estaría supervisado por una autoridad europea independiente y seguiría las normas del GDPR.
4. Un inicio de sesión federado y seguro
Inspirado en OpenID Connect, pero gestionado desde Europa. También admitiría métodos modernos como passkeys, FIDO2 o smartcards.
5. APIs abiertas para desarrolladores
Estas APIs facilitarían que tanto servicios públicos como privados integren verificación segura. Así, los datos personales solo se compartirían cuando sea estrictamente necesario.
En resumen, el sistema permitiría acceder a servicios públicos o privados con una única identidad confiable. Sin recordar contraseñas y sin entregar datos a empresas desconocidas.
Por qué importa ahora
Si no actuamos, la brecha digital seguirá creciendo. Las personas vulnerables quedarán fuera, mientras que quienes tienen menos recursos serán las más expuestas a fraudes y pérdida de privacidad.
Además, Europa continuará dependiendo de compañías cuyos intereses no siempre coinciden con el bien común. Por tanto, una identidad digital pública europea no es solo una opción, sino una oportunidad para recuperar el control.
No resolverá todos los problemas, pero ofrecerá una base más justa y segura para la vida digital. En lugar de un producto comercial, la identidad digital debería considerarse un derecho ciudadano.
Finalmente, ha llegado el momento de construir un sistema digital que empiece desde la confianza, no desde la cesión de datos.

