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VRecchiaMenteClickjunio 3, 2026 7 min read

El Juego de las Inteligencias: La IA, la Inteligencia Humana y la Advertencia del Vaticano

Soft skills
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La reciente encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV probablemente constituya una de las intervenciones institucionales más relevantes que se hayan producido hasta el momento sobre inteligencia artificial. El documento desplaza el debate desde el entusiasmo tecnológico hacia un terreno antropológico, ético, político y cultural: ¿qué ocurre con el ser humano cuando los sistemas inteligentes comienzan a reorganizar la percepción, la decisión, el lenguaje y la vida colectiva?

Este artículo no pretende realizar un análisis teológico exhaustivo ni responder de manera definitiva problemas que probablemente exijan años de debate interdisciplinario y quizás un ensayo completo. El objetivo es más modesto: proponer algunas primeras reflexiones críticas a partir del Capítulo I de la encíclica y abrir ciertas zonas de discusión vinculadas con la soberanía cognitiva, la transformación contemporánea de la inteligencia y los nuevos modos de interacción entre inteligencias humanas y no humanas.

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Parte de estas discusiones fueron abordadas recientemente durante mi participación en el podcast “Agilidad, IA y Mente Click” de Hardcore Soft Skills Podcast, programa creado por Yadi Caro y orientado a promover y educar sobre las llamadas destrezas “blandas” o humanas: https://www.hardcoresoftskills.net/

Asimismo, varias de las ideas aquí desarrolladas dialogan con debates que venimos trabajando desde finales de 2025 en el COMITÉ EIA LATAM -Comité Ético de la Inteligencia Artificial de Latinoamérica-, espacio actualmente integrado, entre otras personas, por las ingenieras Rosario Contreras, Estephany Surco y quien escribe, Verónica Recchia, en el marco de la elaboración del MANIFIESTO EIA LATAM, aún inédito y en proceso de construcción conceptual próximo a publicarse en julio de este año.

La Zona de las Inteligencias y la Mente Click

Uno de los aspectos más interesantes del Capítulo I de Magnifica Humanitas es que reconoce que la inteligencia artificial ya no puede pensarse como una cuestión exclusivamente técnica. La encíclica instala una pregunta mayor: hacia dónde va la humanidad cuando el desarrollo tecnológico deja de ser únicamente una herramienta de progreso y comienza a modificar la experiencia humana, la libertad real, la comunicación, el juicio y los vínculos sociales.

Ese punto resulta decisivo. El problema de la IA no puede reducirse al rendimiento computacional, a la productividad o a la automatización. La propia encíclica vincula el desarrollo tecnológico con una pregunta axiológica y antropológica: qué entendemos por progreso, qué tipo de humanidad produce ese progreso y bajo qué criterios podemos distinguir avance de retroceso. En esa línea, advierte que el desarrollo debe conservar un horizonte personal y social, orientado al bien común, y que no puede quedar confiado únicamente a leyes anónimas, mecanismos técnicos o dinámicas de innovación.

Sin embargo, el debate contemporáneo empieza justamente allí donde ese planteo muestra su límite. La encíclica acierta cuando advierte que el problema no es meramente tecnológico sino antropológico y ético. Pero quizás todavía conserva una lectura demasiado antropocéntrica del fenómeno, porque sigue pensando la IA principalmente como “instrumento tecnológico” surgido del genio humano. El punto crítico es que la inteligencia artificial ya no parece operar únicamente como instrumento externo del hombre, sino como otra forma de inteligencia que interactúa, aprende, condiciona, reorganiza información y participa en la producción de sentido.

El propio documento abre la puerta a esta lectura cuando reconoce que la relación entre el sujeto humano y los sistemas tecnológicos implica una circularidad de la que surge un condicionamiento recíproco. Esa frase es probablemente una de las claves filosóficas más fuertes del Capítulo I. Si hay condicionamiento recíproco, entonces ya no estamos ante una relación simple entre sujeto y herramienta, sino ante una zona de interacción entre inteligencias.

Aquí emerge lo que podríamos llamar la nueva zona de las inteligencias.

No ya exclusivamente la inteligencia humana. No ya solamente la inteligencia artificial. Sino el espacio de interacción constante entre inteligencias humanas y no humanas que comienzan a reorganizar juntas el lenguaje, el deseo, la percepción, la memoria y la toma de decisiones.

La discusión actual suele quedar atrapada entre dos posiciones insuficientes. Por un lado, cierto optimismo tecnológico que presenta el desarrollo de la IA como un proceso inevitablemente eficiente, racional y progresivo. A ello se suma una visión intelectual que proyecta una expansión indefinidamente perfectible de la inteligencia sin ponderar con suficiente rigor las tensiones geopolíticas, económicas, estratégicas y ambientales que atraviesan el desarrollo contemporáneo de la inteligencia artificial y la robótica, particularmente en los grandes polos de poder tecnológico como China y Estados Unidos. La creciente infraestructura material de la IA -centros de datos, sistemas de refrigeración, infraestructura de procesamiento y consumo energético- también obliga a reconsiderar la relación entre inteligencia, recursos naturales y sostenibilidad, especialmente frente al uso intensivo de agua y energía requerido para sostener el actual ecosistema digital. Por otro lado, una reacción defensiva que todavía imagina el problema como una lucha entre “el hombre” y “la máquina”. Pero ambas perspectivas conservan un mismo presupuesto: la idea de una inteligencia humana pura, autónoma y racional capaz de controlar completamente sistemas externos.

La encíclica cuestiona parcialmente esa ilusión cuando advierte que los medios tecnológicos no son neutrales y que muchas veces quedan subordinados a intereses económicos, ideológicos y políticos. También señala que el actuar humano puede convertirse en material analizado y formateado por intereses de poder o de mercado, con aumento del control social y del riesgo de manipulación.

Pero quizás el problema sea todavía más profundo: tampoco los seres humanos somos neutrales.

Los sistemas de inteligencia artificial son entrenados sobre datos producidos por culturas, estructuras económicas, lenguajes y relaciones humanas ya sesgadas. Luego esos sistemas vuelven a intervenir sobre las mismas sociedades que los producen, reorganizando nuevamente conductas, preferencias y decisiones. El resultado no es una inteligencia artificial objetiva manipulando humanos racionales, sino una ecología de inteligencias recíprocamente condicionadas.

Por eso el problema contemporáneo no puede reducirse al control de una herramienta tecnológica. La idea de “control absoluto” resulta insuficiente frente a sistemas que evolucionan mediante interacción constante y cuya arquitectura participa activamente en la producción cognitiva contemporánea. El desafío parece consistir, más bien, en construir formas permanentes de revisión crítica, diálogo interdisciplinario, auditabilidad, deliberación pública y soberanía cognitiva.

Este punto resulta especialmente sensible cuando la encíclica menciona los procesos automatizados de toma de decisiones en ámbitos como la salud, el crédito, la justicia penal, la evaluación de conducta de personas detenidas, las fuerzas de seguridad o incluso los ataques militares. Allí ya no hablamos de comodidad tecnológica, sino de decisiones que afectan derechos, cuerpos, libertades y destinos humanos.

También es relevante la advertencia sobre la hiperconectividad. El documento describe a un sujeto “en red” que puede sentirse como un punto insignificante dentro de un flujo de información ingobernable, generador de ansiedad, inseguridad y miedo. Ese diagnóstico permite comprender que la IA no solo transforma procesos técnicos: transforma la subjetividad, la atención, la identidad y los modos de reconocimiento.

En este punto, la noción de Mente Click adquiere una relevancia central. La Mente Click no constituye simplemente una forma de distracción digital o aceleración tecnológica. Funciona como una lógica general de reorganización del pensamiento contemporáneo: una sustancia relacional e interactiva de la inteligencia que hoy se expresa de manera especialmente visible a partir de la inteligencia artificial, pero que atraviesa de forma mucho más amplia los modos actuales de percibir, validar, desear, recordar y decidir.

Como sostuve en Agilidad y Talento. Egoísmo y Altruismo del Poder (A pesar de la MENTE CLICK): “La mente tiene su propia historia, hoy disponemos de la MENTE CLICK que nos aleja del rendimiento, pero contiene consigo la esencia originaria de la humanidad para relacionarse con el mundo”.

Precisamente allí la Mente Click se vuelve visible: en la producción constante de estímulos, validaciones, fragmentaciones atencionales y reorganizaciones simbólicas mediadas por arquitecturas algorítmicas capaces de modelar comportamiento y circulación emocional en tiempo real.

La pregunta, entonces, ya no es solamente si la inteligencia artificial piensa. La pregunta verdaderamente decisiva es qué tipo de inteligencia emerge cuando la inteligencia humana comienza a convivir, interactuar y condicionarse con sistemas artificiales capaces de aprender, recomendar, inferir, producir lenguaje y participar activamente en la construcción colectiva de sentido.

Tal vez allí aparezca la verdadera advertencia del Vaticano. Pero también el inicio de un debate que exige ir más allá del miedo, más allá del entusiasmo tecnológico y más allá de una defensa antropocéntrica del ser humano. La zona crítica de nuestro tiempo no es simplemente la IA. Es el juego de las inteligencias.

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Tags:IA

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