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VRecchiaMenteClickagosto 31, 2026 11 min read

¿Y si la próxima brecha digital se llamara inteligencia?

Inteligencia Artificial
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Cuando la inteligencia empezó a medirse

Mientras escribo MenteClick.ia (La especie continúa) trabajo sobre uno de los conceptos que con mayor eficacia organizó jerarquías, sesgos, prestigios y expectativas de progreso desde el siglo pasado: la inteligencia.

En Argentina existe un antecedente particularmente potente. A comienzos del siglo XX, José Ingenieros recogía desarrollos de la psicología experimental francesa en pleno furor positivista. Medir, clasificar y encontrar regularidades constituían parte de la gran promesa científica de la época, particularmente para una psicología que buscaba aproximarse a los estándares de las ciencias naturales.

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Inteligencia Artificial

En ese marco, la inteligencia adquiere una nueva pretensión científica: transformarse en variable de medición.

Podía ser observada, localizada y utilizada para explicar diferencias humanas y anticipar destinos.

En 1906, Ingenieros escribió:

“Si el conocimiento de los signos físicos de la inteligencia prosperase y fuera posible diagnosticar en los niños la superioridad intelectual, podría cuidarse mejor su evolución mental a fin de obtener frutos proficuos para toda la sociedad. Esto no significa que debe descuidarse a los menos inteligentes; pero si fuera posible reconocer desde la infancia, mediante signos físicos especiales, las inteligencias superiores, podría fomentarse su desenvolvimiento, prepararlos mejor para la alta cultura, inaccesible a los mediocres, de manera que se facilitara la constitución de una élite intelectual apta para mover todos los resortes de la civilización en las diversas ramas de la vida social.”

(Ingenieros, 1906, p. 164).

La formulación es extraordinaria y concordante con el positivismo epocal.

Inteligencia, medición, inversión y futuro aparecen reunidos en una misma operación. Detectar una superioridad intelectual permitiría reconocer tempranamente a sus portadores, orientar hacia ellos una formación diferencial y preparar una élite destinada —y científicamente legitimada— para conducir la civilización.

Conocemos las consecuencias que adquirieron durante el siglo XX algunos proyectos que pretendieron transformar diferencias humanas en jerarquías naturales.

La inversión también decide qué futuro queremos

Pero existe otro elemento en aquella escena que sigue resultando inquietantemente actual: la inversión.

Toda gran inversión en el futuro contiene también un análisis social. Decide qué capacidades merecen desarrollarse, cuáles serán los problemas prioritarios, dónde se concentrarán los recursos y quiénes quedarán dentro o fuera de la promesa.

Ningún análisis social de esa magnitud es inocente.

Ciento veinte años después, la inteligencia vuelve a concentrar una inversión descomunal de expectativas, recursos y poder. Se entrenan modelos, se acumulan datos, se multiplica la capacidad computacional y se compite ferozmente por construir sistemas cada vez más potentes.

La inteligencia vuelve a organizar una promesa de futuro. Esta vez intentamos construirla también fuera de nosotros.

De la medición a la economía de la inteligencia

Y en ese desplazamiento existe un puente extraordinario.

La pretensión de encontrar en el cráneo, el cerebro o determinados signos físicos alguna representación mensurable de la inteligencia adquiere, décadas después, una versión radicalmente distinta: la posibilidad de pensarla y desarrollarla fuera del cerebro orgánico.

En 1950, Alan Turing introduce ese salto. En Computing Machinery and Intelligence, al pensar cómo podría una máquina llegar a desarrollar una inteligencia semejante a la adulta, propone no comenzar por un programa que simule una mente adulta terminada, sino por uno que simule la mente de un niño y someterlo después a un proceso de educación.

Aprendizaje. Experiencia. Interacción. Retroalimentación.

La máquina que piensa comenzaba también aprendiendo.

El desplazamiento es enorme: ya no se trata solamente de localizar, medir o clasificar inteligencia, sino de pensar las condiciones bajo las cuales otra inteligencia puede desarrollarse.

Setenta y seis años después, convivimos cotidianamente con algunos de los descendientes de aquella pregunta.

¿Qué pasó con la idea de una máquina que piensa?

Y, en el mismo envión, precarizamos una de las preguntas más hermosas del siglo XX: buena parte de la potencia de imaginar una máquina que piensa quedó reducida a una lógica de rendimiento, de venta, de poder…

¿Cuánto tiempo ahorra? ¿Cuántas tareas automatiza? ¿Cuánto contenido produce? ¿Cuántos trabajadores reemplaza?

Mientras discutimos la productividad de las máquinas, el crecimiento tecnológico que las vuelve posibles se sostiene también sobre fuerza de trabajo humana.

Una fuerza de trabajo que participa de procesos esenciales para el desarrollo de la IA y que, paradójicamente, permanece muchas veces invisible detrás de su apariencia de autonomía.

PENSAMIENTO VS. INTELIGENCIA: EL CROQUIS

En MenteClick.ia (La especie continúa) trabajo sobre una distinción que considero central.

La inteligencia consiguió reunir bajo su nombre aprendizaje, memoria, lenguaje, adaptación, cálculo, creatividad y resolución de problemas. El pensamiento quedó parcialmente oculto detrás de esa expansión.

Para avanzar sobre esta distinción, recupero un concepto de pensamiento que vengo elaborando en MenteClick.ia**:**

“El pensamiento es un croquis en permanente sobresalto. Vive en una geometría que nunca deja de reorganizarse.”

Pensar. Pensar en relación

Pensamos en relación. Con otros, con lenguajes, con instituciones, con conocimientos, con experiencias, con objetos y ambientes.

Comunicación, trazos, saltos, sobresaltos, formas: movimiento.

Ahora también pensamos en relación con inteligencias artificiales.

Las interacciones híbridas entre procesos cognitivos humanos e inteligencias artificiales reorganizan las posibilidades cognitivas que emergen de esa relación.

Este artículo también ocurre dentro de esa interacción. Fue pensado, discutido y editado durante días en diálogo con una inteligencia artificial. Hubo propuestas, rechazos, reformulaciones, nuevas asociaciones y decisiones. El croquis se expandió, encontró nuevas líneas y reorganizó su geometría. La noción spinoziana de potencia ofrece aquí una clave: pensar también las variaciones que una interacción produce en nuestra capacidad de obrar. La experiencia no elimina la autoría; permite observarla mientras interactúa. Aquello que llamamos soberanía cognitiva comienza también así: no exige pensar en soledad, sino conservar agencia sobre un pensamiento que se produce necesariamente en interacción.

Las condiciones para pensar

La cuestión alcanza entonces las condiciones desde las cuales esas interacciones pueden producirse.

Educación. Conectividad. Hardware. Tiempo. Alfabetización algorítmica. Acceso a modelos. Capacidad para comprenderlos, interrogarlos y discutir sus resultados.

El analfabetismo estructural en IA interviene sobre las propias condiciones de reorganización del croquis.

La diferencia comienza siendo social.

Se convierte en tecnológica.

Y puede terminar pareciendo cognitiva.

La economía de la inteligencia puede ejecutar así una operación extraordinariamente colonizante: amplificar desigualdades sociales, históricas y económicas preexistentes bajo una promesa de futuro que vuelve a asociar, de manera falaz, inteligencia con superioridad.

Una superioridad que termina traducida de manera banal en velocidad, productividad, volumen y calidad de respuesta, y que continúa mirándose en un único espejo: el antropocéntrico.

Construimos otra inteligencia y buscamos en ella, paradójicamente, un alter ego optimizado: que responda más rápido, produzca más, resuelva más y amplifique nuestras propias capacidades.

Incluso frente a la posibilidad de otra inteligencia, seguimos utilizándonos como medida.

Y aquí aquella lógica de comienzos del siglo XX vuelve a resonar. Medir. Comparar. Ordenar. Establecer una superioridad y otorgarle una representación social de valor.

Cambiaron las medidas. Cambió aquello que pretendemos medir. Pero reaparece una tentación conocida: dar por supuesta la superioridad porque aquello que medimos responde mejor a los criterios que nosotros mismos establecimos para definirla.

Cuando interactuar se convierte en delegar

Y entonces cedemos.

Aparece otro fenómeno de nuestro tiempo: la delegación ciega de capacidad cognitiva, una renuncia progresiva al ejercicio crítico sobre aquello que la propia interacción con la IA produce.

La paradoja es enorme: una interacción capaz de expandir las posibilidades del pensamiento puede también empobrecerlas cuando sustituimos interacción por delegación.

Y esa delegación puede ser también colectiva. Comprender cómo se producen estas nuevas formas de inteligencia, quiénes trabajan para sostenerlas, quiénes concentran sus beneficios y bajo qué reglas se distribuyen sus posibilidades forma parte de nuestra capacidad para intervenir sobre ellas.

Delegar esa comprensión significa también debilitar nuestra posibilidad de organizarnos, reclamar derechos y participar colectivamente de las decisiones sobre la economía cognitiva que estamos construyendo.

LA INDUSTRIA HUMANA DETRÁS DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

La IA no trabaja sola

La inteligencia artificial no trabaja sola.

Detrás de la apariencia de autonomía existe una industria humana.

Personas clasifican. Anotan. Verifican. Corrigen. Evalúan. Producen datos necesarios para entrenar, probar y sostener sistemas de inteligencia artificial.

Y una parte de ese trabajo ocurre en Latinoamérica.

La socióloga argentina Milagros Miceli, junto con Julian Posada, estudió trabajo de producción de datos vinculado con tres plataformas en Venezuela y una empresa BPO en Argentina mediante 210 documentos de instrucciones, 55 entrevistas y observación participante. La investigación muestra cómo la precariedad y la dependencia económica pueden limitar la agencia de quienes producen datos, mientras instrucciones, interfaces y métricas intervienen sobre sus decisiones.

Otra investigación, realizada por Paola Tubaro, Antonio Casilli, Mariana Fernández Massi, Julieta Longo, Juana Torres-Cierpe y Matheus Viana Braz, estudió 911 trabajadores de datos: 220 en Argentina, 477 en Brasil y 214 en Venezuela. El estudio encontró dificultades económicas, desigualdad e informalidad incluso entre trabajadores con elevados niveles educativos.

La industria invisible

La escena modifica radicalmente la ficción de automatización absoluta.

Parte de la inteligencia artificial aprende, se verifica y funciona gracias a trabajo humano que su propia apariencia de autonomía contribuye a invisibilizar.

Mientras determinadas interacciones humano–IA abren posibilidades profesionales, productivas, creativas y cognitivas, otros seres humanos realizan tareas repetitivas, fragmentadas, externalizadas y frecuentemente precarias que sostienen esa expansión.

La división internacional del trabajo encontró también su lugar en la economía de la inteligencia.

La OIT ha advertido precisamente sobre esta fuerza laboral invisible que etiqueta, clasifica y valida datos para alimentar sistemas de IA, incluyendo la contradicción entre el nivel educativo de muchos de estos trabajadores y el carácter rutinario de las tareas que realizan.

Una industria dedicada a producir inteligencia puede precarizar el pensamiento de quienes trabajan para sostenerla.

El problema dejó de ser invisible.

Ahora necesita representación.

TRABAJO, REPRESENTACIÓN Y DERECHOS

¿Quién representa a quienes hacen posible la IA?

El sindicalismo comenzó a entrar en esta discusión. En Argentina, la CTA planteó la necesidad de incorporar las nuevas formas laborales a la agenda sindical, revisar convenios colectivos y producir regulación protectoria. En Brasil, la CUT llevó en 2026 la IA al terreno de la negociación colectiva. UNI Global Union reclama también participación de los trabajadores frente a la transformación tecnológica.

Pero el fenómeno desborda las formas tradicionales de representación.

¿Quién representa a una persona que desde Latinoamérica produce datos para un sistema desarrollado a miles de kilómetros? ¿Qué convenio alcanza ese trabajo? ¿Quién negocia la distribución de la productividad generada? ¿Quién responde por remuneración, jornada, formación y condiciones laborales?

La organización colectiva necesita entrar en el debate sobre inteligencia artificial con la misma velocidad con la que la inteligencia artificial está reorganizando el trabajo.

Y ese debate necesita escala regional.

LA NUEVA COLONIZACIÓN DE LA INTELIGENCIA

¿Quién controla la infraestructura de la inteligencia?

Esta geografía excede el trabajo.

Algunos poseen infraestructura. Otros desarrollan modelos. Otros financian el acceso a sus capacidades. Otros alimentan sus procesos de aprendizaje. Otros construyen conocimiento dentro de interacciones híbridas. Otros realizan el trabajo fragmentado que permite que esas interacciones existan.

Millones interactúan con sistemas cuyas reglas, datos, límites y decisiones fundamentales se establecieron lejos de sus propias comunidades.

La soberanía cognitiva comienza precisamente ahí.

La capacidad de pensar siempre estuvo atravesada por relaciones de poder. La IA introduce ahora una nueva infraestructura sobre la que esas relaciones pueden reorganizarse y amplificarse.

La desigualdad puede parecer una diferencia de inteligencia

Por eso la discusión no puede reducirse al acceso.

Importa quién construye. Quién entrena. Quién diseña. Quién decide qué problemas serán resueltos. Quién aporta trabajo. Quién obtiene conocimiento. Quién captura productividad. Quién participa de las decisiones.

A comienzos del siglo XX se pretendía encontrar en el cráneo, el cerebro y los signos físicos una diferencia intelectual mensurable.

La nueva jerarquía puede producir la diferencia en las condiciones desde las cuales participamos de la inteligencia híbrida y después atribuirla a nuestra capacidad.

¿PUEDE LA INTELIGENCIA SER UN DERECHO?

Garantizar las condiciones para desplegar pensamiento

La inteligencia como derecho no significa garantizar un resultado cognitivo.

Significa garantizar las condiciones para desplegar pensamiento.

Y ese despliegue pertenece también a la materialidad de una vida.

El pensamiento participa del desarrollo personal, educativo, creativo y productivo. Participa de la capacidad de resolver problemas, construir proyectos, generar recursos, autofinanciarse y decidir cómo insertarse en una economía atravesada por interacciones entre inteligencias humanas y artificiales.

El desarrollo personal y productivo forma parte del usufructo concreto del derecho al pensamiento.

Ahí la soberanía cognitiva adquiere materialidad.

Soberanía cognitiva y agencia

Ejercerla supone conservar capacidad para comprender, interrogar, elegir, crear, producir y decidir dentro de las interacciones híbridas. Supone poder participar de la potencia que esas alianzas generan y de las decisiones colectivas sobre cómo se distribuyen sus beneficios, riesgos y costos.

Porque hay algo extraordinario en esta alianza.

Una máquina que piensa —o que participa de procesos que reconocemos como inteligentes— puede encontrarse con el pensamiento humano y producir rincones inéditos de inteligencia híbrida: formas de creación, resolución, conocimiento y producción que ninguna de las partes hubiera desplegado exactamente de la misma manera por separado.

La soberanía cognitiva exige algo más que acceso: exige conservar agencia dentro de la interacción.

Si esa capacidad de desarrollo queda organizada exclusivamente por intereses de mercado, el derecho al pensamiento puede transformarse en su contrario: una práctica cognitiva colonizada, cuyos objetivos, posibilidades productivas y criterios de valor son definidos por otros.

Una sociedad puede terminar produciendo la diferencia que después pretende medir.

La soberanía cognitiva se convierte entonces en la dimensión política del derecho al pensamiento.

LA ESPECIE CONTINÚA

Del manifiesto a la acción

En el Manifiesto EIA LATAM propusimos la soberanía cognitiva, la equidad tecnológica latinoamericana, la autonomía relacional, la justicia algorítmica, la responsabilidad distribuida y la convivencia ética entre inteligencias como parte de un nuevo horizonte de derechos.

Ese horizonte exige materialidad.

Alfabetización en inteligencia artificial. Educación. Investigación regional. Infraestructura. Acceso. Protección laboral. Sostenibilidad ambiental. Políticas públicas. Organización colectiva.

Y acciones legislativas regionales urgentes capaces de transformar principios en garantías efectivas.

Derecho, ingeniería, psicología, sociología, filosofía, educación, economía y política necesitan entrar en una conversación común.

También por eso este artículo inaugura un espacio dedicado a Interdisciplina e IA.

La especie continúa

En 1906, Ingenieros imaginaba una civilización capaz de reconocer tempranamente las inteligencias superiores e invertir en ellas.

En 1950, Turing desplazó la pregunta hacia una máquina capaz de aprender.

En 2026 convivimos con ella.

El pensamiento sigue siendo un croquis en permanente sobresalto.

Cada interacción modifica alguna de sus líneas.

La máquina también entró en el dibujo.

La especie continúa.

La próxima brecha digital podría dejar de llamarse brecha digital.

Podría llamarse INTELIGENCIA.

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Tags:IA

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