Ingeniera, psicóloga, divulgadora y actualmente inmersa en un doctorado que explora la relación entre tecnología y comportamiento humano, Henar Vega lleva años observando cómo ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con el trabajo, con nosotros mismos y, cada vez más, con la tecnología.
En esta conversación hablamos sobre burnout, salud mental, productividad, cultura empresarial y los nuevos riesgos psicológicos que empiezan a aparecer con la inteligencia artificial.
Eres ingeniera y psicóloga, una combinación poco habitual. ¿Cómo llegaste hasta ahí?
Siempre digo que depende del día parece que soy más una cosa o la otra. En realidad, estudié primero ingeniería porque siempre tuve mucha inquietud técnica. Me gustaba programar, me interesaba el mundo de la automoción y tenía claro que quería dedicarme a algo relacionado con la ingeniería.
Pero al mismo tiempo la psicología siempre me había fascinado. Hubo alguien que me dio un consejo muy bueno: «Estudia primero la ingeniería. La psicología siempre podrás hacerla después». Y eso fue exactamente lo que pasó.
Desde entonces no he dejado de estudiar. Hice Psicología, he seguido formándome en otras disciplinas y ahora estoy realizando un doctorado que intenta unir ambos mundos.
Hablamos mucho de que trabajamos demasiado. ¿Crees que realmente trabajamos más que antes?
No necesariamente. Antes también se trabajaba mucho. La diferencia es que ahora el trabajo se ha colado en todos los espacios de nuestra vida.
Llevamos el trabajo en el bolsillo. Contestamos correos desde el parque, respondemos mensajes fuera de horario o pensamos en proyectos mientras estamos cenando. Además, hemos pasado de trabajos más físicos a trabajos eminentemente mentales.
Por eso cuesta tanto desconectar. No porque estemos físicamente trabajando todo el tiempo, sino porque mentalmente nunca terminamos de salir del trabajo.
También parece que cada vez nos cuesta más definirnos fuera de nuestra profesión.
Creo que ahí hay un problema importante. Hemos ligado nuestra identidad a nuestro trabajo de una forma muy profunda.
Hay un ejercicio muy sencillo que suelo proponer. Cuando alguien te pregunta quién eres, intenta no empezar diciendo a qué te dedicas. Parece una tontería, pero nos cuesta muchísimo.
Nos definimos por nuestro puesto, por nuestra empresa o por nuestros logros profesionales. Sin embargo, somos muchas más cosas que eso. Somos nuestras aficiones, nuestras relaciones, nuestras inquietudes, nuestra forma de estar en el mundo.
Cuando toda tu identidad está construida alrededor del trabajo, cualquier cambio laboral se convierte también en una crisis personal.
¿Eso explica por qué perder un empleo puede ser tan devastador?
Exactamente.
Cuando pierdes el trabajo no solo pierdes ingresos. Muchas veces pierdes la narrativa que tenías sobre quién eres.
Por eso me parece tan importante reflexionar sobre nuestra identidad más allá de lo profesional. Especialmente ahora, en un momento en el que tecnologías como la inteligencia artificial están transformando profesiones enteras.
Muchas personas se preguntan: «Si la máquina puede hacer lo que yo hacía, ¿qué valor aporto yo?». Es una pregunta legítima, pero también una señal de que quizá habíamos depositado demasiado de nuestra identidad en aquello que hacíamos.
Las cifras de estrés, ansiedad y burnout siguen creciendo. ¿Qué está pasando?
Creo que hay dos fenómenos a la vez.
Por un lado, somos más conscientes. Antes muchas personas sufrían estrés o ansiedad sin identificarlo como tal. Lo atribuían a problemas digestivos, dolores de cabeza, insomnio o cualquier otro síntoma.
Ahora entendemos mejor la relación entre esos síntomas y la salud mental.
Pero, por otro lado, también hay un aumento real. Los estudios que van apareciendo desde la pandemia muestran cifras cada vez más preocupantes. Y eso debería hacernos reflexionar.
¿Cuándo deja de ser cansancio y se convierte en un problema?
Hay una señal bastante clara: cuando no desaparece descansando.
Todos podemos tener una semana complicada o una época especialmente intensa. El problema aparece cuando descansas, te tomas vacaciones o reduces el ritmo y aun así sigues sintiéndote igual.
Otra señal importante es cuando empieza a afectar a otras áreas de tu vida. Cuando repercute en tus relaciones, en tu familia, en tus amistades o en tu capacidad para disfrutar de cosas que antes te gustaban.
Muchas veces las primeras señales llegan incluso desde fuera. Alguien te dice que te nota diferente, más ausente o más irritable. Conviene prestar atención a esos comentarios.
¿Qué pueden hacer las empresas?
Lo primero es hablar de ello.
Parece una respuesta sencilla, pero no lo es. Todavía hay muchas personas que tienen miedo de decir que no están bien porque temen ser juzgadas o incluso perjudicadas profesionalmente.
Necesitamos entornos donde alguien pueda levantar la mano y decir: «No me encuentro bien» sin sentir que está poniendo en riesgo su carrera.
Y después entender que no existe una solución universal. Cada persona necesita cosas distintas. Lo importante es generar conversaciones y construir soluciones conjuntamente.
En el sector tecnológico se admiran ciertos comportamientos que quizá no son tan saludables.
Sí. El multitasking es uno de ellos.
Hemos convertido en una virtud el hecho de saltar constantemente entre tareas, reuniones, mensajes y herramientas. Sin embargo, sabemos que eso tiene un coste cognitivo importante.
También me preocupa la sensación de urgencia permanente.
Tengo una frase que repito mucho: «No somos cirujanos torácicos operando a corazón abierto».
Hay situaciones que requieren rapidez, por supuesto. Pero muchas veces tratamos como emergencias cosas que no lo son. Vivimos en una cultura donde parece que todo es urgente y eso genera un desgaste enorme.
Y además hemos asociado éxito con estar siempre ocupados.
Totalmente.
Parece que si no nos da la vida es porque nos va fenomenal.
Pero una agenda completamente saturada no siempre es una señal de éxito. A veces simplemente indica que estamos asumiendo más de lo que podemos sostener.
Gran parte de tu investigación gira en torno a la inteligencia artificial. ¿Nos ayudará o empeorará estos problemas?
Lo que sabemos hasta ahora es que la inteligencia artificial va a actuar como un amplificador.
Si una organización ya está orientada al bienestar y utiliza la tecnología para eliminar tareas repetitivas o reducir carga innecesaria, probablemente obtendrá beneficios.
Pero si ya existe estrés, inseguridad o miedo, la IA puede amplificar todo eso.
Por eso vemos reacciones muy distintas. Hay personas para las que se ha convertido en una herramienta extraordinaria y otras para las que está aumentando la ansiedad.
¿Qué riesgos te preocupan más?
La adicción y la humanización de la tecnología.
Estamos empezando a ver personas que organizan su vida alrededor de su interacción con sistemas de inteligencia artificial. También casos de dependencia emocional o personas que sienten que la IA les entiende mejor que quienes les rodean.
A veces se trivializa este tipo de situaciones, pero creo que debemos prestarles atención.
Todavía estamos intentando comprender las consecuencias psicológicas de las redes sociales y ahora estamos introduciendo una tecnología aún más sofisticada y personalizada.
Necesitamos investigarlo mucho más.
¿Cuál es el gran reto de la próxima década?
Aprender antes de que sea demasiado tarde.
Con las redes sociales tardamos muchos años en empezar a estudiar seriamente sus efectos. No deberíamos repetir el mismo error.
La tecnología avanza tan rápido que la investigación siempre va por detrás. Pero precisamente por eso necesitamos dedicar más recursos a entender qué impacto tiene sobre nuestra atención, nuestras relaciones y nuestra salud mental.
Porque la pregunta no es solo qué puede hacer la inteligencia artificial.
La pregunta es qué puede hacer la inteligencia artificial con nosotros.
Gracias, Henar, por la entrevista y por compartir una mirada tan necesaria.

